“La burocracia como fuente de corrupción” en mi columna “Vicios privados, virtudes públicas” en el diario Altavoz.pe

Transcribo mi última columna publicada en Altavoz.pe el 23 de abril pasado.

La burocracia como fuente de corrupción

La corrupción es un problema que suelen tener los países en vías de desarrollo y es uno de los principales obstáculos para que estos salgan de la pobreza y mejoren la calidad de vida de sus habitantes. Tergiversa las reglas de juego, trastoca las normas sobre las cuales las personas deberían poder operar en la sociedad,  ofrece premios a quien irrespetan las leyes y castiga a quienes cívicamente se ciñen a éstas (por más absurdas que sean).

Ante esto, vemos que en estos países los Estados anuncian constantemente severos castigos a los corruptos, nuevas leyes que la evitarán, elevando las penas, “mejorando” los sueldos a las autoridades para que no sucumban ante la tentación de recibir un dinero extra a cambio de hacerse de la vista gorda o de dar la razón a quien en derecho no la tiene. El Estado no es el único en esa lucha. La prensa también juega un rol condenando a los corruptos y en la ciudadanía se arman ONGs que, con más buenas intenciones que buenas ideas, pretenden combatir este mal.

Sin embargo, tanto el Estado, la prensa, como los pueblos en estos países suelen tener un doble estándar para medir la corrupción, condenando aquella que tenga relevancia mediática y dejando pasar inadvertida a la cotidiana. La referidas, por ejemplo, a la agilización de los trámites ante las terribles burocracias tercermundistas. De hecho, parece ser el caso que a los ciudadanos les importa poco que un persona que lleva ocho meses tratando de obtener una licencia para construir un garaje “acelere” con dádivas al supervisor, pero sí le parece condenable que el presidente otorgue en concesión bienes del Estado mercantilistamente y no al mejor postor. ¿Por qué se presenta este fenómeno? ¿Es acaso justificable un tipo de corrupción y no la otra?

La respuesta, supongo, radica en que los ciudadanos consideran que en el primer caso hay un acto inmoral en el que el Estado se está valiendo de los recursos de todos (que no suelen ser botín de unos pocos) para obtener un beneficio claramente indebido, mientras que en el segundo, el ciudadano que incurre en esa condenable práctica parece hacerlo forzado por las circunstancias.

No obstante, ambas prácticas debilitan la institucionalidad, los casos mediáticos tienen un efecto inmediato generando desconfianza en los ciudadanos y los inversionistas, los casos cotidianos, uno mediato, van minando la confianza en las autoridades públicas y pueden llegar al punto (visto en tantos lugares) en que la “coima” se vuelve regla y el cumplimiento de la ley, la excepción.

¿Qué hacer entonces ante este mal? ¿Cómo enfrentar este problema que condena a estos pueblos al atraso y la injusticia? ¿Por dónde empezar para remediar este mal que vulnera el más importante principio que debe respetarse en una democracia, cual es la igualdad ante la ley? ¿Más leyes son acaso la solución? ¿Mejores sueldos a los burócratas? ¿Más campañas estatales o columnas periodísticas o tal vez más ONGs?

En mi opinión esas recetas no están dando resultado y creo que es momento de que se aborde otro tipo de soluciones. ¿Por qué en Estados Unidos o en Nueva Zelanda nadie paga para acelerar un trámite? Porque los trámites duran horas, no meses. Porque la regulación es sencilla y está pensada para servir al ciudadano y no para fomentar puestos de trabajo improductivos.

No hay pues millones de requisitos que cumplir para construir una escalera de dos gradas, hacer una ventana con vista a mi jardín o hacer un depósito dentro de mi casa. No tiene uno que pasar por la inspección de una decena de inspectores distintos para obtener un permiso municipal.

Pocas personas se dan cuenta de que gran parte de la solución a este problema es causado, sin quererlo ciertamente, por el Estado. Si el éste redujese la regulación absurda, que impide el desarrollo económico, fomenta la informalidad y es fuente de corrupción no tendríamos una sociedad que entienda la trampa como regla del juego, sino que la condene.”

Las opiniones vertidas en este blog son estrictamente personales y en nada comprometen a las entidades a las cuales el autor se encuentra vinculado.

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